Capítulo 1
Desperté luego de un largo viaje hacia mi nueva casa. Las
primeras veces habían resultado extrañas, incluso tristes algunas. Odiaba tanto
mudarme, mi madre lo sabía, y aún así siempre ponía excusas como “Tengo
problemas en el trabajo” o “No es muy buena zona”, etc. Ya me había cansado de
preguntarle, me di por vencida después de 11 años de interrogarla. De
todos modos, nunca se lo reprochaba.
-Buenos días, bella durmiente. –Me miró por el espejo retrovisor-. Pasé por una
estación y te compré un desayuno improvisado. Espero que sirva.
-Claro, gracias –Le dediqué una sonrisa-. ¿No dormiste?
-Sí, y manejó un fantasma.
-No tienes que ser sarcástica a esta hora de la mañana, estoy en estado
sonámbulo-Dije mientras comía un alfajor y tomaba un jugo.
-Lo siento, cariño-Me miró de soslayo-. He estado aburrida las 6 horas que
dormiste, más las 4 horas que escuchaste música, más las 3 horas que leíste y
más la hora que pasaste escribiendo en tu blog.
Quería que el viaje se pasara lo más rápido, y si me la pasaba hablando con mi
madre tardaría una eternidad. Sonreí de lado.
-Lo lamento, es que odio viajar.
-Lo sé y lo lamento -La cara se le ilumina y la emoción se hace evidente-. Estoy
emocionada por llegar.
Miré por la ventana: casas de colores, tiendas por doquier, gente caminando
apresurada por no llegar tarde al trabajo. Maine no es nada parecido a mi hogar.
Maldecí.
-¿Viviremos aquí? –Mi molestia se notó y mi madre torció la boca.
-No, Harriet. Faltan unos minutos.
Harta. Así estaba. Harta de viajar cada vez que alguien preguntara de dónde
veníamos y no se creyera nuestra mentira de que venimos de San Francisco. Mi
madre, Evangeline Thompson, es la persona más paranoica que conozco. Y vaya,
parece mucho, pero no conozco a muchas más personas. Me retracto: conozco, pero
todos me evitan.
Cuando me di cuenta ya habíamos dejado atrás las grandes construcciones y el
ruido de la moderna civilización. Grandes árboles, césped y grandes campos a lo
lejos, con montañas más allá nos rodeaban. Desde la colina se veían todas las
casas, unas 100. Continuamos por la calle empedrada hasta aparcar en un
almacén.
-¿Porqué paramos?
-Debo comprar comestibles, puedes quedarte aquí si quieres.
La idea de quedarme sola en un auto, encerrada, en un pueblo desconocido no me
apetecía.
-Claro que no, te acompaño.
El almacén tampoco era gran cosa: 6 filas de alimento y demás, y al lado de la
puerta un escritorio, y una mujer estaba dada vuelta haciendo nose qué en la
caja registradora. No era gran cosa, pero en mi vida había visto todo tipo de
lugares. Este parecía aceptable.
Evangeline fue a buscar los congelados y yo me quedé apoyada en el escritorio.
La mujer se volvió.
No, no una mujer. Era una adolescente, tendría mi edad. Su pelo rubio estaba enrollado
en un rodete, y sus ojos grises despedían alegría.
- Hola, ¿Te puedo ayudar en algo?-Me sonrió.
-No, estoy esperando a mi mamá. Gracias-Le devolví la sonrisa, aunque se me
dificultó. Rara vez sonrió con alguien que no sea mi madre.
-Claro.-Pareció vacilar, y se volvió a dar vuelta. Al segundo se volvió.
-Oye, ¿Eres nueva en la ciudad?
-Si, llegamos hoy con mi madre.
-Pues bienvenida. Te aburrirás un poco estos días, pero cuando empiecen las
clases, las calles estarán repletas de gente. A menos de que ya conozcas a
alguien aquí.
-Oh, no. Soy de… viajar mucho. Y mi madre escoge los lugares al azar, creo.
La chica me miraba con curiosidad, y me pregunté cómo se podía tener ojos que
describieran tanto tus emociones. Esta chica rebosaba felicidad, me daba miedo.
-Pareces de mi edad, ¿A qué año entrarás en preparatoria?
-El último año.
-¡Igual que yo!
Alivio me recorrió. Si iba a estar con ella, tal vez el año no sea tan
terrible. O bueno, el tiempo que esté aquí. Le sonreí, y esta vez fue real.
-Que casualidad.
-No existen las casualidades-Me guiño un ojo.
No entendí porqué lo decía, y cuando le iba a preguntar apareció mi madre
cargando comestibles.
-Pues esto es todo.
La chica miró a mi madre y se quedó perpleja. Luego balbuceo algo como “Claro…si…esto…”.
Mi madre pagó y salió.
-Bueno, entonces supongo que nos veremos en una semana.
-Claro-Me sonrió-. Por cierto, me llamo Hillary, Hillary Ridders.
-Harriet.
Le sonreí y salí. Mi madre me esperaba impaciente.
-Estoy tan emocionada por ver la casa
-Cálmate, me pones de nervios.
Largó una carcajada. Me sorprendí, mi madre no ríe muy a menudo.
-Claro, y tú a mí no.
Nos echamos a reír, y por primera vez en mucho tiempo, mi visión del futuro no
fue tan mala.